Todo se
acaba. Tarde o temprano. Aunque no lo quieras aceptar, y entonces, llegan los cambios, y con ellos las nubes. Esas grises, cargadas de lluvia. Y por mucho que
queramos soplarlas y dejar paso libre al Sol, este no va a salir cuando
nosotros queramos.
Se
vuelve todo cuesta arriba, y cuando intentas algo una, dos, tres y hasta
cuatro veces y no obtienes los resultados que esperabas, te deprimes, te encierras y te planteas intentarlo una quinta vez o quizás afrontar que puede que ya sea
el momento de dejarlo ir, de no intentarlo nunca más.
Tengo
claro lo que quiero, pero mucho más aún lo que no quiero. Creo que ya dí todo lo
que pude y más durante mucho tiempo, a alguien que no lo quería. No quiero recibir lo mismo, no quiero tanto, pero sí un mínimo.
Es lo justo para reconstruir las ruinas en las que el pasado convirtió
mi vida.
Es ahora de olvidar ese amor abrasivo, ese amor intenso que te ciega, por el que lo harías y darías todo; es mejor buscar un amor sencillo, fácil, que, aunque no te llene tanto, te dé estabilidad y paz.
Y que, aunque no haga que el Sol reaparezca, se lleve esas nubes grises de tormenta.